El populismo en perspectiva

La actualidad manda, y ello explica la abundancia de libros, artículos y conferencias dedicados al populismo. En el caso que nos ocupa, no se trata de uno más. Su autor, Barry Eichengreen, es un economista estadounidense, nacido en 1952, profesor en la Universidad de California en Berkeley, miembro del National Bureau of Economic Research, que ha escrito fundamentalmente sobre temas relacionados con la Gran Depresión y con el sistema financiero internacional. Entre sus libros figuran Golden Fetters. The Gold Standard and the Great Depression 1919- 1939, publicado en 1992, o más recientemente, y traducido al español, Qué hacer con las crisis financieras. Barry Eichengreen es colaborador habitual de The Guardian y escribe más intermitentemente en Financial Times.

Este es quizá su libro más «político», considerando que su autor es básicamente un economista académico. No obstante, no se trata de un tratado de ciencia política, ni de un recetario de política económica en tiempo de crisis. Se plantea con un objetivo: entender el fenómeno del populismo desde una perspectiva histórica y fundamentalmente económico-financiera. Esto es lo que lo distingue y pone en valor con respecto a otros autores bien conocidos que han abordado recientemente el tema, tales como Robert Kuttner (Can Democracy survive Global Capitalism?, 2018), Timothy Snyder (The Road to Unfreedom, 2018; traducido como El camino hacia la no libertad) o Dani Rodrik (Straight talk on trade, 2017; traducido como Hablemos claro sobre el comercio mundial). Hay aquí, por lo tanto, un particular interés en el dato histórico, casi erudito, en la referencia económico-financiera que apoye el discurso, el análisis, sin perderse en excesivas elucubraciones ideológicas con pretensiones de explicación universal. En este sentido, resulta un libro muy compacto, de lectura amena, con un enfoque esencialmente no partidista, aunque no por ello deje de opinar sobre temas muy concretos.

En efecto, la crisis financiera global iniciada en 2008 en Estados Unidos ha desencadenado una extensa literatura sobre el malestar creciente en las sociedades occidentales. Malestar que ha generado una serie de movimientos políticos denominados populismos. Movimientos, en principio, ajenos a las corrientes centrales del pensamiento político, sean liberales o socialdemócratas, mayoritarias desde comienzos del siglo XX, especialmente desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El factor económico, la profunda crisis de 2008, es fundamental, aunque, es cierto, no el único. Los populismos, definidos como movimientos políticos extremos y, por tanto, con un discurso que simplifica la realidad socioeconómica, progresan en el terreno fértil de las crisis con su secuela de desempleo, marginación y desigualdad. Pero el factor identitario es igualmente un componente básico y esto enlaza con el malestar de la globalización, la pérdida de raíces, la competencia exterior, la inmigración, etc. Temas que han sido tratados más in extenso por Timothy Snyder o Dani Rodrik. El factor identitario lleva al nacionalismo, a los mitos históricos, a la desconfianza hacia quienes no pertenecen al ámbito cultural o racial propio y, en casos extremos, a la violencia y a la guerra.

La aportación de Barry Eichengreen es poner en perspectiva el fenómeno, repasando algunos casos de populismo hoy día algo olvidados. El populismo aparece asociado a los inicios de la Revolución industrial, a los cambios sociales producidos por la misma, a la ruptura del modelo agrario tradicional, a la incertidumbre, riesgo y marginación que supuso este cambio. El caso clásico es el de los trabajadores del sector textil, la revuelta ludita en la Inglaterra de comienzos del siglo XIX, pero no es el único. Barry Eichengreen repasa con detalle, por ejemplo, la actuación del presidente Andrew Jackson con su rechazo de la renovación de la licencia del Banco de los Estados Unidos (equivalente a la actual Reserva Federal), que dejó al país sin una autoridad monetaria central durante casi cien años o el del People’s Party, también en Estados Unidos, a finales del siglo XIX, muy vinculado al problema de la segregación racial y a la crisis agrícola sufrida en los Estados sureños como consecuencia de la primera oleada librecambista.

Y, lo que es quizá más interesante, el libro realiza un repaso de las diferentes políticas desplegadas históricamente en cada contexto nacional frente al fenómeno populista. Y lo hace fundamentalmente en tres países: Estados Unidos, Reino Unido y Alemania. En el primero, el New Deal, bajo la presidencia de Franklin Delano Roosevelt en plena Depresión, aunque bien conocido, es analizado en detalle; menos las iniciativas de Barack Obama, ya en este siglo, en materia de extensión de la asistencia sanitaria y de reforma financiera, la ley Dodd-Frank de 2010. El Reino Unido, más cercano a los modelos continentales de Estado del bienestar, también arroja una singular trayectoria, desde las Poor Laws medievales, que resistieron sin grandes modificaciones hasta el siglo XIX, al socialismo académico de la Sociedad Fabiana, intelectualmente apartado del marxismo continental. Bloomsbury y Keynes son un producto refinado de esa corriente en el marco de la crisis de 1929. Alemania, por su parte, da origen a dos corrientes antagónicas, como es bien sabido: la marxista y la socialdemócrata. A efectos de lo que aquí se trata, la primera es menos interesante, ya que su objetivo es bien simple: la sustitución del sistema capitalista por el comunismo, a menos que se considere el comunismo como el primero y principal populismo. La segunda, caracterizada por una actitud beligerante o intervencionista del Estado frente al mercado, tiene –aunque Barry Eichengreen no se remonta tan lejos– sus antecedentes remotos en el cameralismo y el mercantilismo proteccionista, especialmente prusiano. El liberalismo al estilo anglosajón nunca tuvo influencia ni proyección académica de peso en Alemania. Otra cosa es la Escuela de Viena, de desarrollo prácticamente insular. Aparte de la aportación política de Bismarck, lo más relevante es el pensamiento económico de la escuela historicista, con su defensa del proteccionismo, base del industrialismo y ajeno al librecambismo anglosajón. Alemania se crea con el Zollverein y se pierde por las imposiciones liberales del Tratado de Versalles (y no tan liberales, como las reparaciones de guerra denunciadas acertadamente por John Maynard Keynes), que condujeron a la hiperinflación de 1923, al nazismo y a la Segunda Guerra Mundial. De aquí lo ecléctico del pensamiento alemán en materia económica: por un lado, un liberalismo en materia comercial cuyo reflejo es la Unión Europea; por otro, una ortodoxia monetaria de raíz clásica, producto no de elucubraciones teóricas, sino de la experiencia concreta de los sucesos de entreguerras y del trágico desenlace al que condujeron.

Es una pena que el autor no haya ampliado estas referencias a otros países: por ejemplo, España. Tampoco lo ha hecho con Francia o Italia, exceptuada alguna mención marginal. Evidentemente, el libro tiene una limitación de espacio: no es una crítica. Simplemente podría añadirse aquí que el caso alemán, salvadas las peculiaridades, se asemeja bastante al español. El pensamiento económico liberal en nuestro país ha tenido y, por qué no decirlo, tiene muy pocos seguidores. Las aportaciones teóricas son prácticamente inexistentes, y en política económica todo el siglo XIX, y buena parte del XX, estuvo dominado por el arancel y la cuestión social. El proteccionismo ganó la batalla del primero. La cuestión social se afrontó aplicando un pragmatismo con raíces en el pensamiento alemán. No otra cosa es el krausismo y la Institución Libre de Enseñanza. A nivel de pensamiento económico, el Instituto de Reformas Sociales, Adolfo Álvarez-Buylla o Antonio Flores de Lemus tienen más relación con la escuela historicista alemana que con la clásica británica. Pueden encontrarse excepciones, es cierto, como Laureano Figuerola, pero son eso: casos raros, excepcionales, sin continuidad. El enfoque de Cánovas del Castillo –proteccionismo como defensa del sistema frente a movimientos populares de raíz socialista– tiene muchas similitudes con el de Bismarck. No es este el lugar para extenderse más, entre otras razones porque, como decimos, esta es una reseña y en el libro reseñado no se trata el tema. Pero no otra cosa fueron las políticas de Antonio Maura y Eduardo Dato. El keynesianismo es muy posterior y en España entró además tarde y ya muy tintado de un color marcadamente socialdemócrata o directamente socialista, convertido en una receta que avalaba el creciente intervencionismo político en la economía.

El autor finaliza su recorrido histórico con un repaso breve, pero al tiempo detallado y preciso, de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, divididos en cuatro fases: «Los treinta gloriosos», de 1945 a 1973; «Crisis e inflación», de 1973 a 1985; «La Gran Moderación», de 1986 a 2007; y la «Gran Recesión», de 2008 a 2017. Los últimos cinco capítulos están dedicados a la actualidad, sin eludir temas controvertidos y que van más allá de lo estrictamente económico, como la política migratoria del presidente Donald Trump, el Brexit o las tensiones recientes en el seno de la Unión Europea, conectadas con el dilema entre federalismo y nacionalismo. Manifestaciones, en suma, de la tentación populista.

A diferencia de otros estudiosos del tema, como el ya citado Robert Kuttner, o Joseph Stiglitz en El malestar de la globalización (2002 y versión revisada de 2018), Barry Eichengreen, aún desde una perspectiva liberal, en el sentido estadounidense, o de centroizquierda en el sentido europeo, es mucho más ponderado y, por tanto, más reflexivo y prudente. Existe la inclinación, en buena parte de los analistas, a atribuir a la ruptura del modelo keynesiano, prevalente en el tercer cuarto del pasado siglo, es decir, los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el origen de todos los males actuales. La liberalización financiera y la globalización subsiguiente –se argumenta– han conducido a un mundo más inestable, con más desigualdades, con menos poder político y, por consiguiente, propenso a radicalismos, ahora llamados populismos. El mercado, todos los mercados, son imperfectos: están sujetos a informaciones asimétricas, externalidades, etc. Esta es la crítica fundamental de Joseph Stiglitz. En el caso de Dani Rodrik, el problema viene de la pérdida de poder político del Estado a que conduce la globalización. En ambos la receta, curiosamente, es la misma: mayor intervención pública. Para una visión radicalmente diferente, desde un enfoque estrictamente económico, véase el reciente libro Populism and Economics (2018), de Charles Dumas, que complementa el aquí reseñado.

En efecto, no parece que la vuelta atrás sea posible, ni siquiera que el diagnóstico sea certero. Más bien, debería ponerse énfasis en que el período de elevado crecimiento de los años cincuenta y sesenta fue producto no sólo de políticas de consenso basadas en una mayor intervención pública, sino fundamentalmente de la inversión tanto pública como privada dedicada a la reconstrucción de los daños ocasionados por la guerra en el caso de Europa y a la recuperación de los niveles de consumo en el caso de Estados Unidos. Una fase de crecimiento excepcional que terminó con las elevadas inflaciones de los años setenta y primeros ochenta. Se produce entonces un cambio sustantivo en el escenario monetario: una política más ortodoxa y antiinflacionaria de la FED durante los años en que estuvo a su frente Paul Volcker, y el fin de las paridades fijas establecidas en los acuerdos de Bretton Woods y la consiguiente desmonetización del oro. La liberalización comercial y financiera subsiguiente no fue contraproducente: al revés, favoreció la segunda ola de crecimiento ordenado, la llamada Gran Moderación, de la segunda mitad de los años ochenta hasta la Gran Recesión de 2008. El crecimiento ya no podía basarse en la recuperación y reconstrucción, sino en mejoras de productividad, en avances tecnológicos, en inversiones en sectores de futuro. En definitiva, en los motores de una economía madura, la economía occidental, sujeta ahora a un nuevo reto: la competencia de países emergentes como China o India, desconocida en fases precedentes.

El libro de Barry Eichengreen nos hace reflexionar sobre estos temas y ayuda a reconsiderar el fenómeno populista moderno, ya que lo pone en perspectiva histórica. Muestra que la historia reciente de las democracias occidentales es la de la construcción de una economía liberal asistida por mecanismos de solidaridad estatales que protegen a los colectivos más desfavorecidos. El populismo no es nuevo, pero sí quizá lo virulento y generalizado de su manifestación contemporánea. El riesgo es que, de alguna manera, pueda subvertir el consenso alcanzado en temas fundamentales durante estas últimas décadas. La marea populista afecta tanto a la legitimación de las instituciones públicas como a las políticas en asuntos tan diversos como la libertad de comercio, la responsabilidad fiscal o la política monetaria y financiera. Traspasar ciertos límites de intervención estatal puede poner en cuestión todo el edificio de la economía liberal de mercado, afectando seriamente a su funcionamiento y, de resultas de ello, a las bases de la prosperidad y el crecimiento. Por no hablar de las libertades políticas.

Lo que, a mi modo de ver, se echa en falta –también sucede con otros autores que han tratado del populismo, no así en el libro de Charles Dumas antes mencionado– es una reflexión sobre las consecuencias de la politización creciente de la política monetaria. Politización en el sentido de llevar la política monetaria al debate público. Los bancos centrales han logrado una primera línea de defensa basada en su estatus de independencia. Pero quizá esto no sea suficiente. El mandato y las reglas son fundamentales. La estabilidad financiera y un valor estable del poder adquisitivo de la moneda, factores que, por otra parte, son inseparables, deberían considerarse un bien público, a lo Stiglitz, y, por consiguiente, ajenos al debate político. Se abre paso, por el contrario, un pensamiento que identifica inflación y crecimiento, inflación y progreso, cuando es todo lo contrario. La realidad es que el crecimiento, la prosperidad de las naciones y de sus ciudadanos, dependen de factores mucho más complejos. El malestar que da lugar al populismo, aun admitiendo que éste tiene diversos orígenes, no se cura con políticas más populistas, sean éstas fiscales o monetarias. Se ha reflexionado poco en torno a una dinámica alternativa de integración, de inclusión, a partir de incentivos y en un marco económico y financiero estable.

Finalmente, cabría hacer un reparo sobre un aspecto concreto, muy común, por otra parte, en autores que proceden del mundo cultural anglosajón. Y es el olvido de la amenaza populista procedente de la extrema izquierda, de la cual nuestro país suministra un buen ejemplo. Timothy Snyder ofreció un ejemplo reciente de esto durante una conferencia en la Fundación Rafael del Pino en Madrid, celebrada a raíz de la publicación en español de su libro El camino hacia la no libertad. El tema del libro no es otro que el populismo, estudiado desde un enfoque más filosófico o, si se prefiere, más retórico. Pues bien, en ningún momento el conferenciante se refirió a los populismos de izquierdas, ni siquiera ante una pregunta del público sobre el caso español.

Desgraciadamente, la corrección política impide a menudo ver la realidad, y esta ceguera pone en peligro seriamente los valores que dicen defenderse. La denuncia de los populismos es una tarea ineludible y su análisis, al que contribuye brillantemente este libro, una tarea indispensable, pero ha de abarcar todos los populismos, no sólo los de extrema derecha.

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